La llegada a mi nueva morada ha sido como son todas las cosas en esta vida: agridulces; una mezcla entre el dulzor de la nueva aventura y el regusto amargo de dejar atrás (al menos de forma física) compañer@s imborrables que forjan mis recuerdos, mi razón de ser y mi vida. Llamémosla Vetusta, Macondo, Comala, Yoknapatawpha o simplemente Barcelona, en cualquier caso, mi nuevo hogar.
Baste mencionar la galletita de la suerte que, valga la redundancia, me tocó en suerte recibir junto con mi plato de arroz vietnamita del señor Lee, cuyo vaticinador mensaje empezaba a escribir lo que ya estaba siendo mi nueva experiencia. Rezaba algo así como "La soledad que te acompaña te enseñará quien eres, has sido y serás". Sí, señores. Escalofriante. Espeluznante. Agorero como el Oráculo de Delfos. Real como la vida misma; simplemente la verdad. Y a medida que las repetía a causa de mi estupor, esas palabras retumbaron en mi cabeza recordándome el resabiado consejo de mi amigo Yomi. La advertencia de la amistad sincera que se forja merced a la experiencia y que el amor de la hermandad que nos une me regala.
Y aquí estoy, acompañada de mi inseparable bola-de-pelo-orejuda que me apacigua los instantes de pesadumbre que acompañan la mayoría de días. Así parece que se presenta mi nuevo amanecer, mi renacimiento, mi nueva era de creación y experimentación, como una filibustera andina, como un cóndor mediterráneo. Sobrada de ímpetu, de convicción, llena de optimismo y fe en quienes me quieren y con miedo en el bolsillo de atrás doy los primeros pasos en la nueva senda de mi vida.
NB
Gracias Estefanía por animarme a que escribiera algunos de mis pensamientos y visicitudes con que me voy encontandro. Ha sido una experiencia catártica en este día convulso, triste y definitivo... 21 de diciembre anno Domini de 2012.